2 de febrero de 2022

La pavita roja

Por Julio Sandoval Berti En Ficción

El jueves por la mañana fui a pasear por San Telmo. ¿Por qué un jueves y no, por ejemplo, el sábado, que me quedaba mejor? La verdad, casi nunca suelo andar por ese barrio. Soy más de la avenida Corrientes: con sus librerías, pizzerías, teatros, sus carteleras de colores, su movimiento, su bullicio. Todo ese ajetreo de piernas mezclándose para un lado y para el otro me predisponen de otra manera; casi diría que me pone cachondo. Pero San Telmo no está nada mal, sólo que los sábados se llena de turistas que no te dejan ni arrimar a los puestitos para ver las artesanías o los objetos que se ofrecen ahí. Por eso fui el jueves de la semana pasada.

A esta altura ya no busco algo que me sorprenda. Lo que me tocó me tocó. Agarré lo que agarré; como se dice habitualmente. Ya estuve del otro lado, vi las marionetas y los hilos. Así que ahora estoy felizmente casado y ahí va la cosa.

Hablando de eso —que es de lo que en definitiva quería hablar—, fui hasta San Telmo a buscar un reemplazo para la pava que se rompió. En casa tenemos roto el termo, el ventilador, un pocillo de cada color, vasos de diferentes alturas y así. A todo le falta un tornillito, el ruedo, coser un botón. Yo había visto que en San Telmo había pavas usadas en esos puestitos que arman, lo que no sabía es que la feria no abre todos los días sino exclusivamente los fines de semana. Entonces me puse a mirar las vidrieras de las casas de cosas usadas. Hay varios locales de esos por la calle Reconquista.

Entré a uno que tenía una pava roja en la vidriera. De afuera se veía impecable, pero cuando el que atendía me la pasó a las manos, al sopesarla, me di cuenta de que tenía algunas magulladuras, la pintura estaba un poco saltada, pero a pesar de eso, seguía pensando que tenía que funcionar. En casa todas las ollas tienen algún bollito, de última, ésta venía haciendo juego.

—La llevo —le dije al que estaba detrás el mostrador.
—¿Ésta?
—Sí, ésta.
—¡Pero está toda cascoteada! Espere, tengo otras opciones —dice y me muestra—: Tengo esta pava chiquita azul. Esta amarilla que también le va andar muy bien y debería aprovechar porque ya no vienen en este color. Pero espere —agrega—, lo último de lo último es esta pava roja, como la que quiere usted, pero cero kilómetro, importada de México. Las hacen muy buenas allá. Esto es un violín afinado. No sabe cómo silva.

Lo pensé, pero me gustaba más la pava roja cascoteada, como le decía él.

—Me llevo ésta —insistí.
—Pero usted no entiende, amigo —me explicó el tipo—. Estas están buenísimas y son nuevas.
—Usted no entiende —le digo—. ¡Yo la quiero! ¡Quiero esta!
—¿Así como está?
—¡Así como está!
—Igual no se la puede llevar ahora. Esta semana solamente largamos las nuevas. Son políticas, ¿vio?
—¿Me está cargando? —le dije.
—Para nada. Si quiere la que quiere tiene que venir la semana que viene.
Sinceramente no entendía bien el por qué. El asunto es que no me dejó llevar la pava de mi preferencia. La semana que viene vuelvo a ver qué onda.

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