11 de mayo de 2022

Etiquetar algo

Por Julio Sandoval Berti En Ensayo 3 MIN

Ahora que todos en Twitter están hablando de las etiquetas, yo pensé lo siguiente:

Para definir algo necesitamos etiquetarlo, encasillarlo, ponerlo en una vitrina con un cartelito que diga lo que es. Una vez hecho podemos soltarnos a hablar de eso con algo de conocimiento.

Necesitamos etiquetar porque definiendo las cosas es la única forma que tenemos para hablar de las cosas. Por ejemplo, si hablamos de Una excusión a los indios Ranqueles, el libro de Lucio Mansilla, necesitamos tener claro primero qué género es. ¿Es una crónica? No, tiene partes de ficción o ficcionadas. Sin embargo, no es ficción neta. Aunque tampoco es totalmente realista. Es una mezcla rara o enrarecida. Y si se nos dificulta definir en cuál estantería vamos a poner el libro, menos podemos referirnos a él y decir algo acertado. Necesitamos definirlo para poder hablar con mayor conocimiento. Sino, siempre estamos hablando de algo que no sabemos bien qué es. Es cierto que preferimos no etiquetar, pero tenemos más miedo a equivocarnos en lo que decimos. Todo lo que no podemos definir bien es algo.

Como dice Mirta (la filósofa de los mediodías): “Como te ven te tratan”. Casi todo el mundo, cuando me ve, piensa que soy un varón hétero cis. Y está bien, cuando me tratan así los dejo creer que soy eso, no me pongo a discutir. Otras veces, las menos, piensan que soy gay y me tratan así y está bien, no me pongo a discutir, no tengo conflictos con eso, no me importa porque no es mi mirada, no me victimizo. No me hace falta porque tengo muy claro lo que soy, cómo me siento en mi interior. Mi yo interno es mucho más luminoso y complejo y saber eso me llena de placer y me hace sentir satisfecho con lo que yo soy, con lo que tengo para dar.

Pero antes de continuar, un aviso parroquial: debo aclarar que esto todavía no lo hablé con mi psicólogo, así que si estás leyendo, Horacio, ¡esto te puede aclarar muchas cosas!, de manera que después vos me las aclares a mí, ¿eh?

Para tratar de aclararlo al público voy a poner otro ejemplo, uno íntimo: en la relación con mi mujer yo siento y actúo como si yo fuera la mujer y ella el hombre. Me sale así naturalmente, sin impostar nada. Tampoco me importa que ella sienta que es al revés. Yo sé cómo es: la mujer soy yo. Me siento una mujer salida de una novela de los cincuenta. Soy yo la abandonada, la descuidada, la nunca valorada, la siempre negada, la que se queda sola en casa mientras ella se va a jugar a las cartas con sus amigos y a fumar puros o vaya a saber qué. Sé que de afuera se ve otra cosa, que mi papel se parece al de un varón hétero cis despotricando contra una mujer hétero cis. Pero internamente pasa otra cosa: soy una lesbiana. En términos filosóficos estrictos soy una mujer que ama a otras mujeres. Estoy en un cuerpo equivocado. ¿Me afecta? No creo. Tengo cero conflictos. El cuerpo que tengo le sirve perfecto a mis propósitos lésbicos. Soy una mujer que ama a otras mujeres y que a diario se disfraza de hombre para vivir. Pero lo hago sin reproches, sin culpa, sin remordimientos, lo hago encantado de la vida que busqué, que me tocó, lo hago por amor.

La mirada de los demás habla de los demás. Yo soy algo difícil de etiquetar. Soy algo. Soy.

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