26 de diciembre de 2022

Crónicas del Cabify VI

Una constelación de tres estrellas

Por Julio Sandoval Berti En Crónica 9 MIN

Una constelación de tres estrellas

Lunes. Comencé a manejar otra vez. Todavía estoy un poco dolorido a causa del virus, pero al menos es un comienzo. Si me preguntan qué se siente o cómo es lo que provoca el herpes zoster —y a pesar de que nunca recibí uno en toda mi vida— yo diría que es parecido a recibir un balazo en el abdomen. Una herida con orificio de salida por la espalda. Es un latigazo o una estocada cada vez que un desnivel del suelo produce un salto —por más pequeño que sea— en la suspensión del auto. La punzada se expande de inmediato como una ola de señales eléctricas por la carne, por los huesos, como si se tratara de una herida abierta que no termina de cicatrizar.

Lo primero que se me ocurrió, después de que Many estuvo parado por más de dos semanas, fue ir al taller. Quería que lo revisaran y lo pusieran a punto, si es que lo necesitaba. Lo último que sabía es que el taller al que habíamos ido siempre había cambiado de dirección. Me gustaba el tallerista de ahí por cómo trataba a Many. Además, se notaba que tenía buena mano para la mecánica: dedos romos, casi cuadrados, nudillos aplastados y cubiertos por una pasta oscura que yo supongo que era grasa. Pero al finalizar, cuando llegaba el momento del bye bye, se lavaba tan bien las manos que al despedirte con un buen apretón siempre las tenía pulcras y delicadas otra vez.

El teléfono que tenía agendado no contestaba mis llamadas. Encontré una página web donde respondía consultas por internet, pero estaba mal hecha, no tenía los datos nuevos de contacto ni la dirección. Mandé un mensaje al mail que tenía de antes explicando la situación: la enfermedad y la recuperación, los días de Many solo en el estacionamiento, Many parado de continuo por más de dos semanas como un pingo insolado junto al río, etc., etc. Pero ese mail tampoco fue respondido. El ghosteo de un tallerista deja en la psiquis del usuario de automóviles una sensación de vacío que se torna cada vez más inverosímil, más inentendible. No sólo por el simple paso del tiempo sin respuesta sino por lo ridículo de la situación. Es como ir a comprar algo al chino de enfrente y que te diga: “A vos no te vendo”, pero en chino. Esa sí que es una sensación muy rara. Lo único que sabía del taller es que se había mudado a un lugar más grande por Belgrano. No había modo de recorrer todo ese barrio inmenso preguntando por un tallerista. En tal estado de desamparo procedí a tomar cartas en el asunto: fui a una Shell y controlé yo mismo el nivel de aceite, cambié varios filtros, puse aire en los neumáticos, completé el líquido de frenos, llené el bidoncito de agua para el limpiaparabrisas y hasta le puse detergente. Todo quedó fenómeno. Si hubiera sabido de antemano que Many traía consigo las instrucciones de uso en la guantera ni me gastaba en buscar un taller otra vez. Gracias a eso descubrí lo gratificante que es ser autosuficiente resolviendo todo con manuales de mantenimiento preventivo, tratados sobre lo que nos depara el futuro.

En otro orden de cosas quedó todo lo que tiene que ver con la nueva estrella que obtuvo nuestra selección la semana anterior. Pertenezco a la gloriosa generación llamada Generación X, la generación rebelde. Nací en el 71’, puedo recordar haber visto tres estrellas. Muchos nos confunden con los baby boomers, que también tienen edad como para recordar, pero es una generación muy anterior que nada tiene que ver con nosotros. (Podría explayarme y explicar aquí de qué se trata cada generación, pero en realidad, lo que deseo, es hablar de fútbol y no de otra cosa).

El Mundial 78’ lo vi en Resistencia, cuando tenía 6 años. Mi tía Norma, que vivía en Buenos Aires, sabiendo que no teníamos uno, nos mandó por encomienda, de regalo, un televisor de 14 pulgadas, marca Noblex, que era la apoteosis del diseño industrial de la época. Las pocas familias de la cuadra que tenían un televisor poseían un cajón de madera que parecía más para un velorio que para entretener a la familia. Eran unos armatostes pesadísimos que ocupaban medio living. El nuestro era de un material innovador llamado PVC, que ahora se conoce como plástico. Venía en colores llamativos como rojo bermellón y amarillo limón. Nuestro regalo era del color más sobrio de los tres en que venía: el beige. Traía una doble antena incorporada, era pequeño y portátil, lo podíamos llevar de viaje —y de hecho lo hacíamos— a Brasil, o a la casa de amigos y parientes. Nuestro pequeño aparato nos volvió famosos en el barrio una noche en que papá lo sacó afuera para ver mientras cenábamos en la veredera. Todos los vecinos se sorprendían por lo pequeño pero más por lo bonito que era su diseño. Muchos se anotaron esa noche para venir a ver la final a casa. De hecho, con el living lleno de vecinos, vimos los dos goles de Kempes y un tercero de Bertoni que selló el 3 a 1 definitivo contra Países Bajos. Ese día cosechamos la primera estrella. Ver ese partido me ayudó a comprender después el porqué del odio que nos tienen los neerlandeses desde entonces.

Para el Mundial del 86’ ese televisorcito pasó a mi jurisdicción, que incluía una puerta, una ventana en un sexto piso, una cama cucheta, un escritorio con su silla, una pequeña biblioteca y el TV portátil, que ya había dejado de ser principal. Entonces tenía quince años, y a pesar de que teníamos otro televisor en el living, incluso más grande y en color; con mi mejor amigo de entonces, René, decidimos que veríamos el partido en el “tele chiquito”, como le decíamos. Más que nada porque habíamos llegado hacía un rato de un cumpleaños de quince que se había extendido mucho más allá de la madrugada del domingo y estábamos tirados en la pieza aguantando el sueño para ver el partido.

Hacía más de un año, desde que nos habíamos conocido en primer año de la secundaria, que René y yo éramos amigos. Él vivía en una casa muy humilde lejos del centro. Cada vez que salíamos a la noche —que en esa época era casi todos los días— yo lo invitaba a quedarse a dormir porque a la mañana siguiente teníamos clases y mi casa quedaba a cinco o seis cuadras de la escuela. Así se fue quedando y al cabo de un tiempo terminó prácticamente viviendo con nosotros. Lo invitábamos a nuestras vacaciones y a todas las fiestas y lugares a los que yo iba, también venía él. Mi habitación tenía cuchetas porque la cama de abajo era para él.

En el Noblex portátil que había regalado la tía y que entonces era mío vimos ese domingo la final. El partido contra Alemania fue, quizá, más sufrido que la final anterior. Terminó 3 a 2 a favor nuestro. La segunda estrella. Los goles fueron del Tata Brown, de cabeza. Un escape de Valdano. El tercero de Burruchaga con pase magistral de Maradona, que ya había hecho el famoso gol con la mano a los ingleses y otras jugadas de gran espectacularidad; pero que en esta final no anotó. Tal vez no hizo falta o dejó que se lucieran algunos de los otros, quien sabe.

La última supernova fue ahora, en 2022. Una estrella tan próxima a nosotros que no hace falta reseñar, salvo para la posteridad. Para aquellos que lean esto, pongamos, en cincuenta años. A ellos les cuento que fue un partido muy sufrido. Veníamos con un tranquilo 2 a 0 y después se complicó. Nos empataron. Fuimos al alargue sólo para seguir sufriendo con otro empate, esta vez 3 a 3. Marchamos a penales y ganamos ahí. Como dice Bukowski que Lorca decía: “agonía, siempre agonía”.

Mi constelación tiene ahora tres estrellas. Como Odiseo antes, que caminó junto a Aquiles y Héctor, yo también viví entre héroes. Héroes como Kempes en el 78’, como Maradona en el 86’ y como Messi en el 22’. Los vi llorar y los vi festejar, los vi ser derribados y los vi levantarse, los vi ser injuriados y los vi glorificados, los vi crear jugadas y hacer goles que nadie más en el mundo puede hacer. Sí, yo también puedo decir, como Odiseo, que caminé entre gigantes.

El Mundial de Qatar 22′ lo vi en mi pantalla de 52 pulgadas, con mi mujer y mis hijos. Después fuimos a la 9 de Julio a festejar. Se preguntarán qué fue de aquél televisorcito. Y yo no sé qué fue. Hay historias que simplemente no tienen final. Digamos, inventemos, que el televisorcito volvió a mi tía Norma. Que después de muchos años de haberlo usado se lo llevé en el auto y lo dejé en su casa. Digamos que volvió con su compradora original. Mi tía Norma ahora ya no está y no puedo preguntar. Pero me gusta pensar que el televisorcito portátil sigue por acá, en algún lugar de esta casa, que antes fue suya y que ahora es mía. Debe estar por acá, arrumbado en alguna caja, metido en algún placard. ¿Pero para qué indagar? Creo que podemos dejarlo así. ¿Para qué ponerle un punto final?

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