4 de diciembre de 2022

Crónicas del Cabify V

El herpes es tan contagioso como los malos pensamientos

Por Julio Sandoval Berti En Crónica 5 MIN

El herpes es tan contagioso como los malos pensamientos

Me había acostumbrado a escribir estas crónicas todos los lunes, para contar las cosas que, junto a Many, me habían sucedido durante el fin de semana. Sin embargo, hoy no es lunes. Es, más bien, un domingo rarísimo que se ha prolongado por varios días; diría que casi desde el domingo anterior, cuando descubrí que tengo esta enfermedad horrible que me tiene adolorido y postrado en el sillón del living.

Con Many no hemos vuelto a vernos desde entonces. Debe estar durmiendo en el garage de Esmeralda y Corrientes, donde lo dejé la última vez. Parece increíble que ya hayan pasado siete días sin vernos. Me siento desamparado, como esos gauchos que para cruzar el río deben dejar el caballo a la margen. Me lo imagino parado ahí, desconcertado y solo, destellando blancura bajo el rayo del sol, alimentándose con algún que otro yuyo de esos largos y duros que suelen salir a la orilla; y si tiene suerte, alguna que otra flor.

Mi mujer sostiene que me lo tengo bien merecido por cogerme a las pasajeras. “Esas chetitas perfumadas que andás llevando a ver recitales”, algo así oí que dijo cuando se fue a humedecer la compresa. Otra vez le tengo que explicar que el herpes zóster nada tiene que ver con mis actividades sexuales, que sale por otros motivos. “Es porque cuando era chico tuve varicela”, le explico, pero no hay caso. Desde que un día me cruzó en el centro y me vio llevando una hermosa y atípica mexicana rubia hasta un bar en Palermo, que no para de celarme. Y eso que le aclaré, cuando nos conocimos, que para nada me gusta que me celen, que me la baja. Supongo que es un jueguito que hace y que en verdad no se pone celosa, sino más bien parece que me está habilitando. A veces me tira frases tipo: “Esa petisita con la que te vi pasar el otro día creo que te conviene”, o cosa por el estilo. Yo me río, porque no le creo que sea tan liberal como yo. De todas formas siempre trato de dejarle bien claro que las pasajeras pueden caerme simpáticas o no, pueden gustarme un poco más o un poco menos, pero que el deseo diario e inagotable de volver a casa para besarla tomándola por detrás de las orejas, levantar su pollera y así como viene correrle la tanga y clavarla contra la puerta; esas ganas, son siempre con ella.

Sin embargo, esos pensamientos que tiene cada vez que salgo a manejar no sé si se los podré quitar. Piensa que cada vez que salgo lo hago “para irme con otras”. Como esas ideas se le ocurren cuando no estoy en casa, no puedo encontrarle la vuelta a su mecanismo. Es una de las clarísimas razones que me da a pensar que no le hace bien quedarse todo el día cuidando a los chicos. La mujer tiene que trabajar. A la par del hombre, quizá, o más. Tener su propia carrera, algo para hacer de su vida. Pero claro, mis motivos son egoístas: una mujer ocupada no tiene tiempo para andar imaginándose cosas, hacerse las series de HBO que se proyecta cada vez que salgo a manejar, dejar crecer esas malas ideas. De todas maneras no se las discuto, no le digo nada. Que piense lo que quiera. A mí me da igual. Esas malas ideas no se las voy a sacar ahora. No tengo la energía.

Cuando estaba en Resistencia a esto que tengo se le decía “culebrilla” o “fuego de San Antonio”. La abuela de parte de mi papá lo sabía curar bastante bien. Creo que se hacía con tinta china. La ignorancia de la época y la tendencia a prejuzgar vidas ajenas le dieron su mala reputación a la enfermedad. Era algo que se debía contar apenas, en suave murmullo. Mi abuela, cuando tenía un caso de estos, nos mandaba a la pieza para tratar tranquila a sus pacientes. También curaba el empacho, el mal de ojo y los malos pensamientos. No había nada que mi abuela no pudiera curar. Si estuviera viva le pediría que cure a mi mujer.

Pero yo, para curarme, fui al médico a que me recete algo. La clínica queda en Colegiales. Hasta allá me llevó Many. Iba con la cintura prendida fuego. Igual fuimos despacio, no era cuestión de sumar más problemas. La guardia estaba llena: gente con ataques cardíacos, golpes en la cabeza, cortes en las rodillas, etc. Me atendieron después de unas cuantas horas de espera, mientras la culebrilla continuaba enroscándose en mi espalda. Cuando le mostré las lesiones al médico, me miró y me dijo: “Alejate por favor que ya sé que es. Es re-contagioso”. Me efectuó las preguntas del caso: edad, si había tenido varicela, etc. Dijo que si cuando chico tuviste varicela, después de los cincuenta, te agarra esto. Para que no te pase tenés que vacunarte. Me recetó una caja de antivirales fuertísimos que muy lentamente van cargando ampollitas con un pus amarillo y de aspecto inquietante. Dan la impresión de que eclosionará un alien de forma inminente. O peor aún, que yo mismo voy a convertirme en un lagarto.

El dolor es inenarrable. Una serpiente de fuego envolviendo la cintura, arrollándose y apretándose contra el cuerpo cada vez que me estiro para alcanzar el agua, cuando cambio la compresa o cuando aturdido de dolor ya me quiero dormir. Los tendones son las cuerdas tensas de un barco presto a partir. Los músculos duelen como velas inflamadas. Pienso en frases: “El fútbol es el nuevo opio de los pueblos”. Que el mundial va a hacernos olvidar los gravísimos problemas del país. Pero ni siquiera el dos a uno ante Australia del otro día pudo hacerme olvidar. Preferiría probar el opio directo a los pulmones a ver si así se me pasa. Lástima no haber comprado aquel narguile para dos que me ofrecieron en San Telmo. De todas maneras tampoco sabría dónde conseguir algo para fumar en la pipa de agua. Como tengo que tragarme una píldora cada cinco horas, las tres pastillas que me toca tomar tarde por la noche (con la panza vacía), me revientan el estómago. Además las píldoras tienen un montón de contraindicaciones. De manera que cuando me levanto por la mañana nunca sé si estoy mejor o peor que el día anterior. Tampoco puedo leer un libro como para pensar en otra cosa. El mero hecho de sostenerlo delante del rostro me resulta un gran esfuerzo. Menos aún he podido sentarme a escribir. Recién hoy di unos pasitos hasta el shopping y volví. Una pequeña prueba que dictaminó con claridad meridiana que todavía me falta.

Por ahora duermo en el living, que es más fresco, y para no contagiar a nadie. Mi mujer me dio las sábanas más suaves que había, de puro algodón, para que el sillón no me raspe. También tengo mis toallas especiales para cuando me baño. Uso mi netbook más chiquita para escribir estas líneas. En la tele no hay nada.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.